Seis años para volver al mismo lugar: lo que el RIF 2025 llama "recuperación" del crédito formal

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Banca de las Oportunidades y la Superintendencia Financiera de Colombia (SFC) presentaron ayer 24 de agosto,  el Reporte de  Inclusión Financiera (RIF) 2025, documento de referencia sobre el estado del acceso y el uso de los servicios financieros en el país.
El informe es resultado de un trabajo conjunto entre ambas entidades, que integraron y analizaron la  información reportada por las vigiladas por la SFC, la Superintendencia de la Economía Solidaria (SES) y otros  actores del sector, con el propósito de ofrecer una visión integral y comparable de la evolución de la inclusión  financiera en Colombia.

El lanzamiento del reporte incluyó la presentación de los principales resultados por parte de la Directora de  Banca de las Oportunidades, Paola Arias, y del Director de Investigación, Innovación y Desarrollo (DIID) de la  SFC, Francisco Duque; una conferencia sobre inclusión financiera digital del Better tan Cash Alliance y la  realización de un panel de discusión sobre las prioridades de inclusión financiera derivadas de los hallazgos del RIF 2025, en el que participaron representantes de Confecoop, Colombia Fintech, Fasecolda, Asobancaria y Asomicrofinanzas.

 

Veinte millones de adultos, y la mitad del cuento en la letra pequeña

El titular es generoso: 20,3 millones de adultos colombianos —51,6 % de la población adulta— tuvieron en 2025 al menos un producto de crédito o financiación con el sector formal. Pero antes de aplaudir, vale la pena mirar de dónde viene esa cifra, porque no todo "acceso al crédito" es igual.

Solo 15,3 millones de esos adultos —38,9 %— accedieron a financiamiento a través de entidades del sector formal financiero: bancos, cooperativas, microfinancieras vigiladas o no, fintech. Los otros 10,9 millones —el 28 %— tienen su único vínculo crediticio con comercios del sector real (20,9 %) o con financiación de equipos de telecomunicaciones (7,8 %). Es decir: casi tres de cada diez colombianos "incluidos" en las estadísticas de crédito lo están porque financiaron un celular o una nevera a través del almacén, no porque el sistema financiero los haya evaluado, bancarizado o construido un historial crediticio robusto. Sumar ambos universos en una sola cifra de "acceso al crédito formal" es contablemente correcto y analíticamente  fantastico : no es lo mismo un crédito de consumo bancario que una cuota de electrodoméstico financiada por Alkosto o por Confecciones Corralito, a quien le tocó desarollar su propia línea de crédito por que sus clientes no clasificaban para un credito formal.  

La palabra "recuperación" hace un trabajo que los números no respaldan

Aquí está el corazón del capítulo, y el punto donde el reporte oficial y la realidad se distancian más. Para las entidades financieras formales vigiladas (Grupo ABC), el porcentaje de adultos con al menos un crédito llegó a 36,6 % en 2025 —un aumento de 1,5 pp frente a 2024—. El RIF lo llama, textualmente, una "recuperación de la inclusión crediticia formal después de las disminuciones observadas entre 2023 y 2024".

Es un uso generoso de la palabra recuperación. En 2019, ese mismo indicador ya estaba en 36,2 %. Seis años, una pandemia, una crisis de cartera, miles de millones de pesos en premios a la innovación financiera, cientos de rondas de fondeo a fintech de scoring alternativo, y el sistema colombiano terminó 2025 exactamente donde empezó la década: cuatro décimas por encima de 2019. Llamarle recuperación a un ciclo completo que termina en el punto de partida no es incorrecto en el sentido aritmético. Es incorrecto en el sentido que importa: sugiere una trayectoria ascendente donde en realidad hay un círculo cerrado. El sistema no avanzó seis años; los retrocedió y los volvió a caminar.

Y aquí la comparación se vuelve todavía más incómoda si se le agrega la variable que el reporte omite: el ecosistema financiero de 2019 no tiene nada que ver con el de 2025. Hace seis años no existían el open finance,  ni el nivel actual de billeteras digitales, ni el volumen de datos alternativos que hoy alimenta a decenas de motores de scoring. Si con toda esa tecnología —más canales, más datos, más velocidad de originación— el país apenas logra igualar el nivel de inclusión crediticia de la era pre-digital, la pregunta no es si hubo recuperación. La pregunta es qué está impidiendo que toda esa inversión tecnológica se traduzca, finalmente, en más colombianos con crédito formal del que tenían antes de que existiera la tecnología que se supone iba a resolver justamente eso.

 

La tarjeta de crédito, reina indiscutida; la vivienda, congelada en el tiempo

Por tipo de producto, la jerarquía no se ha movido: la tarjeta de crédito lidera con 24,2 % de penetración, seguida por el crédito de consumo (19,3 %). El microcrédito se ubica en 5,8 % y el crédito de vivienda en 3,2 %, "permaneciendo casi inalterados", en palabras del propio reporte.

Esa frase —"permaneciendo casi inalterados"— es, para el crédito de vivienda, una descripción casi literal de una congelación de seis años. El indicador de vivienda no se mueve ni un milímetro: Bogotá, el departamento líder, apenas llega a 6,8 % de adultos con este producto; Chocó tiene 0,1 %. En un país con un déficit habitacional estructural y tasas de interés que dominaron la conversación pública durante 2024 y 2025, que el crédito hipotecario formal siga siendo, en la práctica, un producto de élite geográfica y demográfica —concentrado en adultos de 41 a 65 años en zonas urbanas— no es una nota al pie. Es la principal falla de profundización financiera que el RIF documenta y, al mismo tiempo, la que menos atención recibe en su propia narrativa.

El microcrédito retrocede exactamente cuando más scoring alternativo tiene a su disposición

Si hay un dato que merece subrayarse en rojo en todo este capítulo, es este: el porcentaje de adultos con microcrédito cayó de 6,9 % a 5,8 % en el período reciente. No se estancó. Retrocedió, y lo hizo en el momento menos esperado.

Colombia vive, desde hace varios años, una fiebre de innovación en torno al scoring de la economía popular: modelos de datos alternativos, análisis de comportamiento transaccional, algoritmos entrenados para "ver" a quienes el buró tradicional no veía. Cada mes se entregan premios, se lanzan pilotos, se firman alianzas entre fintech y aceleradoras para resolver, precisamente, la inclusión crediticia de los microempresarios y la economía informal. Y en paralelo a toda esa maquinaria de innovación, el indicador que debería estar disparado —el que mide justamente a esa población— cae.

Hay una asimetría aquí que ningún comunicado institucional debería dejar pasar sin explicación: si nunca se había analizado tanto dato, con tanta sofisticación, sobre tantos colombianos de la base de la pirámide, ¿por qué es precisamente el microcrédito el único producto de crédito formal que retrocede? O la tecnología no está llegando a traducirse en desembolsos reales, o está sirviendo principalmente para rechazar con más precisión a quienes antes se rechazaban con menos, o el apetito de riesgo de las entidades se contrajo después del deterioro de cartera de 2023-2024 y ninguna cantidad de datos alternativos alcanza para compensar una política de originación más conservadora. Cualquiera de las tres explicaciones es más honesta que el silencio que el reporte le dedica al fenómeno.

 

Las mismas tres brechas, otra vez, sin que nadie las cierre

Género, edad y territorio vuelven a dibujar el mismo mapa que ya apareció en depósitos, y el crédito lo repite con más crudeza.

Los hombres acceden al crédito formal en 38,4 % frente a 34,7 % de las mujeres —una brecha de 3,7 pp que, lejos de cerrarse, se amplió 0,4 pp frente a 2024 porque el acceso masculino creció más rápido que el femenino. En tarjeta de crédito la diferencia se reduce a 1,3 pp, pero en crédito de consumo vuelve a ensancharse a 3,3 pp. El patrón es consistente: cuanto más "serio" o de mayor monto es el producto, mayor la ventaja masculina.

Por edad, los jóvenes de 18 a 25 años son, con enorme distancia, el grupo menos atendido: apenas 19,4 % de acceso general y un raquítico 8,6 % en crédito de consumo. Es la generación que más necesitaría historial crediticio para los próximos cuarenta años de vida financiera, y es también la que el sistema formal trata con mayor desconfianza.

Y el territorio, como siempre, es la brecha que ninguna de las otras dos alcanza a igualar en magnitud: 45,7 % de acceso en ciudades y aglomeraciones frente a apenas 12 % en zonas rurales dispersas —una diferencia de 33,7 pp—. En tarjeta de crédito la brecha territorial escala a 28,6 pp; en crédito de vivienda, a 4,4 pp que en términos relativos son casi infinitos, porque el punto de partida rural (0,2 %) es prácticamente cero. El microcrédito es el único producto que rompe el patrón: las zonas rurales (8,9 %) superan a las ciudades (4,5 %), lo cual tiene sentido en teoría —es el producto diseñado para la economía rural y popular— pero que sea también el único producto que retrocede a nivel nacional sugiere que ese diseño no está siendo suficiente para sostener, y mucho menos ampliar, su propio nicho.

 

El RIF 2025 documenta, con rigor técnico impecable, un sistema de crédito formal que hoy tiene más canales digitales, más datos, más modelos de scoring y más premios a la innovación que en cualquier momento de su historia —y que, pese a todo eso, apenas logra sostener el mismo nivel de inclusión crediticia que tenía antes de que esa infraestructura existiera. La vivienda sigue siendo un producto de bogotanos de mediana edad. El microcrédito, la modalidad que más inversión tecnológica ha recibido en nombre de la inclusión, es la única que retrocede. Y las brechas de género, edad y territorio llevan seis años repitiéndose casi con los mismos decimales. Lo que todos nos preguntamos: La pregunta es:  qué estamos construyendo, exactamente, con tanta tecnología, si el mapa de quién tiene acceso y quién no sigue siendo, después de seis años, casi idéntico.

 

Un millón doscientos mil colombianos entraron al crédito en 2025: la mayoría entró por la puerta de la tarjeta. 

Los "nuevos al crédito": ¿inclusión, o apertura de la puerta equivocada?

1,2 millones de adultos accedieron en 2025, por primera vez en cuatro años, a un producto de crédito formal. Es un crecimiento de 26,6 % frente a los 962 mil nuevos tomadores de crédito (NTC) de 2024, y a primera vista es la mejor noticia de todo el reporte: el sistema está ensanchando su base, no solo profundizando entre los mismos de siempre.

Pero conviene preguntar por qué puerta entraron esos 1,2 millones. El 40,3 % llegó a través de tarjeta de crédito y el 37,1 % a través de crédito de consumo: juntos, más de tres cuartas partes de todos los nuevos tomadores del país. El microcrédito, la modalidad diseñada para llevar financiamiento productivo a quien nunca lo ha tenido, representó apenas 19,4 % de los NTC y, peor aún, decreció 3,9 % frente a 2024. La vivienda —el crédito que de verdad construye patrimonio— cayó 20,8 % en número de nuevos tomadores. El crecimiento de la inclusión crediticia de 2025 no es un crecimiento equilibrado: es, casi en su totalidad, gente que estrenó una tarjeta de crédito (+58,7 % frente a 2024) o un crédito comercial (+96,6 %). Bienvenida a la inclusión financiera, primera cuota incluida.

El perfil demográfico de estos nuevos tomadores agrava la lectura. El 36,7 % tiene entre 18 y 25 años —453 mil jóvenes que, en su gran mayoría, están conociendo el sistema financiero formal a través del producto de crédito más fácil de aprobar y más caro de sostener si no se paga a tiempo—. Y geográficamente, el 79,4 % de los NTC se concentró en ciudades y aglomeraciones, frente a apenas 2,3 % en zonas rurales dispersas. El sistema no está abriendo la frontera de la inclusión hacia el campo ni hacia el crédito productivo; la está intensificando en las mismas ciudades, en los mismos productos de consumo, sobre todo entre quienes tienen menos experiencia financiera para gestionarlos.

 

Desembolsos de consumo: más operaciones pequeñas, tickets que se achican

En 2025 se realizaron 634,7 millones de desembolsos de crédito de consumo por $241,3 billones —un crecimiento real de 3,9 % en operaciones y de 22,8 % nominal en monto—. La cifra agregada esconde una recomposición que merece atención: las operaciones de tarjeta de crédito y crédito rotativo crecieron 27,6 %, mientras que el resto de submodalidades de consumo (libranza, libre inversión, vehículo, educativo) cayeron 5,8 % en número de operaciones.

Y el monto promedio se movió en direcciones opuestas. El ticket promedio del crédito rotativo bajó de $228.669 a $217.702 —una caída real de 9,4 %—, es decir: más operaciones, pero cada una más pequeña, compatible con un uso más fragmentado y más frecuente de la tarjeta, muchas veces asociado a necesidades de liquidez de corto plazo más que a decisiones de consumo planificado. Mientras tanto, el ticket promedio del resto de consumo saltó de $8,1 millones a $11,3 millones —un incremento de 33,2 %—, señal de que ese segmento se está concentrando en menos operaciones, pero de mayor tamaño, probablemente reservadas a un perfil de cliente más solvente. El crédito de consumo colombiano se está partiendo en dos: micro-operaciones de tarjeta cada vez más chicas para sostener el día a día, y créditos tradicionales cada vez más grandes y más selectivos.

La concentración territorial no deja lugar a matices: de los 625,5 millones de operaciones de tarjeta y rotativo del país, 594,7 millones —95 %— ocurrieron en ciudades y aglomeraciones. La zona rural y rural dispersa combinada apenas sumó 8,8 millones de operaciones rotativas. El crédito de consumo formal, en la práctica, es un producto urbano con presencia simbólica en el resto del mapa.

 

Microcrédito: crece en plata, no en gente, y el préstamo del hombre sigue siendo más grande

El microcrédito desembolsó 1,8 millones de operaciones por $18,6 billones en 2025: apenas 2,3 % más operaciones que en 2024, pero 18,0 % más recursos. El monto promedio por operación subió de $8,4 millones a casi $10,0 millones —un salto de 12,5 %—. 

El producto está creciendo en valor prestado, no en número de personas alcanzadas, lo cual sugiere préstamos de mayor tamaño para una base de clientes que no se está ampliando al mismo ritmo. Es, en el lenguaje del sector, una señal clásica de "desviación de misión": el instrumento diseñado para el microempresario más pequeño empieza a parecerse, operación por operación, a un crédito de consumo convencional.

Por género, las mujeres concentraron más operaciones que los hombres —898 mil frente a 774 mil—, pero recibieron menos plata: $8,2 billones frente a $9,0 billones de los hombres, con un monto promedio de $9,1 millones frente a $11,6 millones. Los hombres piden menos veces, pero cada préstamo es 27 % más grande. Es la misma historia que ya vimos en depósitos, pero invertida: allá las mujeres tenían menos productos y más saldo; aquí tienen más operaciones y menos plata por operación. En ambos casos, el patrón dice lo mismo: el sistema trata de forma distinta el dinero de un género y del otro, incluso cuando el nivel de acceso es comparable.

El único contraste genuinamente alentador de todo este capítulo está aquí: las zonas rurales fueron las que más crecieron en desembolsos de microcrédito, con 6,7 % más operaciones y 18,8 % más monto, por encima de cualquier otra categoría territorial —y el ticket promedio rural disperso ($11,9 millones) y rural ($10,7 millones) superó al de las ciudades ($9,9 millones). Es una señal real de que, al menos en microcrédito, el campo está empezando a recibir préstamos más grandes y en mayor número que antes. La pregunta es si esa tendencia sobrevive el próximo ciclo de tasas, o si es apenas un repunte after de un piso históricamente muy bajo.

 

Vivienda: el crédito que ni crece ni se reparte

221.271 operaciones de crédito de vivienda en 2025 —apenas 1,2 % más que en 2024— por $32,1 billones, con un ticket promedio que subió de $122,3 millones a $145,1 millones, 12,9 % más.

El número de colombianos que estrena crédito hipotecario prácticamente no se mueve, pero el valor de las viviendas que se financian sí sube, y sube rápido. El crédito de vivienda no se está ampliando; se está encareciendo.

La brecha de género en este producto es la más nítida de todo el capítulo. A las mujeres se les desembolsaron 112.668 créditos de vivienda —más que a los hombres (108.595)— pero con un ticket promedio de $135,0 millones frente a $155,6 millones de los hombres: una diferencia de $20,6 millones por operación, a favor de ellos. Más mujeres acceden a vivienda; los hombres siguen comprando, en promedio, propiedades más costosas.

Y la concentración territorial ya no es una brecha, es casi una ausencia: 206.864 de las 221.271 operaciones del país —93,5 %— se realizaron en ciudades y aglomeraciones. En el rural disperso se registraron 490 desembolsos en todo 2025. Cuatrocientos noventa, en un país de más de 1.100 municipios. El crédito de vivienda formal, tal como está diseñado hoy, no es un producto nacional: es un producto urbano con una prueba piloto simbólica en el resto del territorio.

Colombia sumó 1,2 millones de nuevos tomadores de crédito en 2025, pero la inmensa mayoría entró por la tarjeta, no por la vivienda ni el microcrédito productivo; los desembolsos de consumo se fragmentan en operaciones cada vez más pequeñas para el día a día; el microcrédito crece en plata prestada a un ritmo mayor que en personas alcanzadas; y la vivienda, el instrumento que de verdad construye patrimonio, sigue casi congelada en número y cada vez más cara y más urbana.

Si la inclusión financiera se mide por cuántos colombianos entran al sistema, 2025 fue un buen año. Si se mide por la calidad de esa entrada —qué tan preparados están para sostenerla, y qué tanto patrimonio real están construyendo con ella— la pregunta que queda es mucho menos cómoda.

 

LAS FINTECH: Asustados por el cuero antes de que llegara el tigre:

Gallina que cacarea mucho no siempre es la que pone el huevo

Durante los últimos cinco años, el ecosistema fintech colombiano ha convertido cada trimestre en una temporada de premios, foros, webinars y paneles donde la palabra "disrupción" se repite con la misma certeza con la que el sol sale por el oriente.  El ecosistema Fintech organiza, patrocina, certifica y celebra. Las fintech de crédito se presentan, edición tras edición, como la respuesta definitiva a la exclusión financiera del país: más rápidas que el banco, más inteligentes que los burós,  más humanas que la cooperativa, cero fricción. El discurso es impecable.

¿cuánta gente está, en la práctica, tomando un crédito con ellas?

 548 mil, de 20,274 millones

La gráfica 1 del RIF 2025 —la que mide cuántos adultos tienen al menos un crédito formal, desagregado por tipo de entidad— tiene una fila que merece leerse dos veces. De los 20,274 millones de adultos con algún crédito formal en Colombia, las fintech no vigiladas por la Superintendencia Financiera concentran 548 mil adultos. Un 2,7 % o mejor 1,4%del total. 

Léase de nuevo: 548 mil personas, en un ecosistema que —según el propio gremio que las agrupa— ya suma más de 560 empresas fintech operando en el país, de las cuales entre 97 y 115 pertenecen exclusivamente a la vertical de crédito digital, la más grande y más rentable de todas las verticales del sector según el más reciente Fintech Snapshot de Colombia Fintech. Colombia se presenta a sí misma, con razón, como el tercer ecosistema fintech más grande de América Latina, solo detrás de Brasil y México. Y con toda esa infraestructura, todo ese capital de riesgo, toda esa inteligencia , esa robustes tecnología, miles y miles de horas de inteligencia pura y dura de los más crack - de las "vacas que mas cagan" del mundo financiero de latam, - perdon por lo de "vacas" - ; miles de horas de diseño de los mejores talentos de producto para eliminar fricción, todos esos premios a la innovación crediticia,  miles y miles de congresos, miles y miles de post en linkedin, el resultado medible en la vida real de los colombianos es medio millón de personas. Si esta cifra fuera un pitch de inversión, ningún fondo la aprobaría. Más bien parece el espacio del cóctel y del happy hour donde se cuentan los chistes sobre la tribu.

No se trata de negar que existan casos puntuales de fintech de crédito digital con desembolsos ágiles y experiencia de usuario superior a la de la banca tradicional —los hay, y merecen reconocerse cuando corresponda—. Se trata de que el discurso agregado del sector —"estamos transformando la inclusión financiera de Colombia"— no se sostiene todavía frente al dato que de verdad importa: cuántos colombianos, al final del día, tienen un crédito vigente con una fintech. La respuesta, por ahora, es: muy pocos. y en su mayoría lo hacen por desesperación,  sometiendose  a tarifas absurdas que esconden en los cobros extras como aval y gastos operativos y de tecnología.  

 

El comercio: sin congreso, sin premio, sin post de LinkedIn, y con 8,2 millones de personas

Mientras tanto, en la misma gráfica, sin panel de discusión ni discurso de cierre, aparece una cifra que ningún gremio reclama como propia: 8,199 millones de adultos —el 21% de la población adulta del país— tienen crédito con comercios del sector real. Es la segunda categoría más grande del reporte, detrás solamente de las entidades vigiladas por la Superintendencia Financiera, y por encima, con enorme distancia, de cooperativas, microfinancieras y fintech juntas.

El comercio no tiene un core de negocio financiero. Financiar la nevera, el celular o los muebles no es su razón de ser; es una función que asume porque alguien tiene que asumirla, y porque el vacío que deja el sistema financiero formal en la clase media y popular colombiana no se llena solo. Lo hace sin vender la narrativa de la inclusión financiera, sin levantar rondas de capital para explicarlo, sin premio a la innovación del año. Simplemente factura, financia y sigue. Es, en la comparación exacta que este ejercicio invita a hacer, el sector menos ruidoso del reporte y, al mismo tiempo, el más efectivo en volumen real de personas atendidas.

El sector solidario: la delegación más numerosa de cada congreso, la fila más corta del reporte

Y ya que estamos comparando ruido contra sustancia, hay que decirlo con la misma franqueza: el sector solidario colombiano —cooperativas de ahorro y crédito, fondos de empleados, asociaciones mutuales— se presenta ante el país con cifras genuinamente grandes. Aporta cerca del 4 % del PIB nacional, por encima de lo que aporta el café, y agrupa entre 6 y 7 millones de asociados, con un impacto directo o indirecto que se estima en más de 20 millones de colombianos. Son cifras reales y merecen reconocerse.

Pero cuando el RIF 2025 mide específicamente cuántos adultos tienen un crédito vigente con cooperativas de ahorro y crédito vigiladas por la Superintendencia de la Economía Solidaria, la cifra es 894 mil. Menos del 5 % de los 20,274 millones de adultos con crédito formal en el país, y apenas 1,6 veces el tamaño de la fintech que este mismo capítulo acaba de señalar como decepcionante. El sector que más presume de cercanía con el asociado, de conocimiento profundo de sus necesidades, de bandera social e inclusión desde las bases —el que envía la delegación más numerosa a cada congreso en Cartagena, el que no falta a ninguna misión de relacionamiento en Silicon Valley— es también el que menos huella deja cuando se trata de la métrica más honesta de todas: cuánta gente tiene, hoy, un crédito activo gracias a él.

La disonancia no está en los números del sector solidario en su conjunto —esos son reales y son grandes—. Está en la distancia entre el discurso de cercanía y bandera social que se repite en cada evento gremial, y la traducción de esa cercanía en un producto de crédito que efectivamente llegue a más colombianos. Se puede tener 7 millones de asociados y una convicción de que la cercanía con la base es el activo diferencial del sector solidario, y aun así explicar por qué, del universo total de adultos con crédito formal en el país, las cooperativas alcanzan a menos de uno de cada veinte.

Ninguno de los tres actores tiene que dejar de creer en su propia narrativa. Pero el RIF 2025 ofrece, sin proponérselo, el ejercicio de contraste más honesto del año: el sector que menos se pavonea —el comercio— es el que más gente atiende. El sector que más presume de transformación —la fintech de crédito— apenas roza el 3 % del total. Y el sector que más viaja a hablar de cercanía y bandera social —el solidario— es el que, medido en crédito vigente, llega a menos gente que casi cualquier otro. La próxima vez que alguien suba a un escenario a hablar de cuántas vidas está cambiando su modelo de negocio, quizás la pregunta correcta sea simplemente: ¿cuántos son 548 mil, o 894 mil, comparados con los 20,274 millones de adultos que este país necesita bancarizar de verdad?

 

 

DEPÓSITOS: LA PUERTA DE ENTRADA AL SISTEMA FINANCIERO

El colchón sigue ganándole a la cuenta bancaria - lo que el RIF 2025 no dice sobre los depósitos

Profundice en nuestro análisis sobre los productos del activo aqui:  

https://cicloderiesgo.com/colombia/el-colchon-sigue-ganandole-la-cuenta-...

 

 

 

OTROS DATOS DE INTERÉS 

COBERTURA: LA RED DE PUNTOS DE ATENCIÓN SIGUE EN EXPANSIÓN
En 2025, la cobertura de los canales financieros en Colombia continuó ampliándose. El país registró 2.259.303  puntos de contacto del sistema financiero, frente a 2.131.728 en 2024, lo que representó un crecimiento de 6
%. Este resultado estuvo impulsado principalmente por el aumento de los corresponsales físicos y móviles (14,4 %), los corresponsales digitales (28 %) y los datáfonos (2,7 %), mientras que las oficinas (-2,7 %) y los cajeros
automáticos (-1,8 %) presentaron reducciones.
● Corresponsalía: se consolidó como el principal canal de cobertura del país, con niveles de actividad  superiores al 75 %.
● Concentración por tipo de entidad: los establecimientos bancarios lideraron la presencia en todos los  canales, operando de manera exclusiva los cajeros automáticos y los corresponsales digitales.
● Brecha urbano-rural: los municipios urbanos concentraron 2.152.287 puntos, frente a 106.962 en  zonas rurales; las ciudades y aglomeraciones reunieron el 87,2 % del total nacional.

 

TRANSACCIONALIDAD: CONSOLIDACIÓN DE LOS CANALES DIGITALES
Durante 2025 se realizaron 22.390 millones de operaciones a través del sistema financiero, con un incremento de 11,3 % frente a 2024, impulsado principalmente por las operaciones monetarias, que aumentaron 19,1 % y
alcanzaron 12.731 millones de transacciones.
El valor total de las operaciones ascendió a COP 12.029 billones, un crecimiento de 9,5 % frente al año anterior, el nivel más alto de la serie histórica. El valor promedio de las operaciones por adulto con al menos un producto
financiero pasó de COP 283 millones a COP 306 millones.
● Digitalización: los canales digitales como el internet y las aplicaciones móviles representaron cerca de  siete de cada 10 transacciones monetarias.
● Medios de pago: las tarjetas débito alcanzaron 13,3 unidades por cada 10 adultos y las de crédito 3,9;  la frecuencia de uso también aumentó, con transacciones por tarjeta débito vigente que pasaron de 36,7 a 38,1 y, por tarjeta de crédito, de 38,5 a 45,5.
● Canales presenciales: los datáfonos (POS) concentraron el 13,5 % de las operaciones monetarias,  seguidos por los corresponsales y los cajeros automáticos. Las oficinas movilizaron el 22,7 % del monto
transado. 

Estos resultados evidencian una mayor intensidad en el uso del sistema financiero, una creciente adopción de  canales digitales y un fortalecimiento de los instrumentos de pago y depósito por parte de la población
colombiana.

 

 

NOTA METODOLÓGICA PARA LOS DATOS DE ACCESO AL CREDITO 

Para la medición de acceso a crédito de los adultos en Colombia, se utilizan los registros de obligaciones formales de la central de información TransUnion, a partir de los cuales se analizaron diez grupos de entidades.

 Cinco son categorizados como sector formal financiero:

Los establecimientos de crédito vigilados por la Superintendencia Financiera de Colombia (SFC) (Grupo A).

Las cooperativas de ahorro y crédito (CAC) vigiladas por la Superintendencia de la Economía Solidaria (SES) (Grupo B).

Las entidades microfinancieras no vigiladas por estas superintendencias (Grupo C).

Las fintech no vigiladas por la SFC.

Las empresas especializadas en la recuperación de usuarios o en la colocación de tarjetas que no captan recursos del público.

Las cinco restantes se tipifican como sector formal no financiero:

Empresas del sector real comercio. Empresas del sector real de telecomunicaciones que llevan a cabo actividades de financiamiento de equipos.

Entidades del sector solidario distintas a las cooperativas de ahorro y crédito, como cooperativas multiactivas, asociaciones mutuales y fondos de empleado (resto del sector solidario).

Cajas de compensación. Servicios del sector real diferentes al de telecomunicaciones.

La medición de adultos con productos de crédito no incluye los servicios pospago dentro del sector real de telecomunicaciones, ya que estos no se consideran un producto de crédito.