El siglo XXI empieza en 2020

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  • Sufrir por cuotas
  • La guerra no se les deja a los generales 
  • ¿El progresismo derrotará al capitalismo?
  • Pausa a la liviandad
  • Siempre y en todo lugar, la crisis es personal

Por: Juan Carlos Echeverry

Se ha dicho que el siglo XX empezó en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial, y terminó en 1989, con la caída del muro de Berlín. De manera similar, si el rasgo más sobresaliente del nuevo siglo es el enfrentamiento de China y EE. UU., que dominará los próximos cien, doscientos o mil años, se puede tomar a 2020 como el verdadero inicio este siglo.

Por primera vez hay una rivalidad declarada entre las dos superpotencias y la desconfianza desatada por el Covid19 permea las relaciones de lado y lado. La guerra comercial planteada en los últimos años entra en plena vigencia en 2020.

Muchos países se verán forzados a decidir, a regañadientes, a cuál esfera pertenecen. Eso tendrá consecuencias sobre a quién le compran la tecnología de comunicaciones llamada 5G, y, por ende, a qué superpotencia le entregan la información de prácticamente todo lo qué somos, hacemos y queremos, por dónde nos movemos y con quién hablamos, la temperatura de nuestros cuerpos y nuestro estado de salud física y económica.

Si eso fuera todo, los desafíos podrían ser manejables. Pero desde 2019 se han quebrado otras certezas que dábamos por hechas:

1) Estados Unidos desdijo de la globalización, que los anglosajones defendieron desde 1750, y desempolvó los aranceles y las amenazas a aliados y competidores;

2) luego de 50 años de un matrimonio disfuncional, Gran Bretaña rompió con Europa; 3) países económicamente ejemplares, como Hong Kong y Chile, se revelaron socialmente inestables; 

4) grupos poblacionales significativos de EE. UU., China, India y Europa dieron aceptabilidad política al racismo y la xenofobia;

5) reaparecieron pandemias medievales;

6) los jóvenes se han quedado sin trabajos estables y endeudados, la educación no les garantiza empleo y progreso, y muchos han optado por no tener hijos;

7) los viejos se dieron cuenta de que vivirán mucho, pero las pensiones no alcanzan y su salud es impagable;

8) entramos a una fase de suspicacia frente a China, que parece haber pasado de producir cosas baratas a, competir en tecnología con los mejores del mundo y a promover una agenda mundial integral y opaca;

9) la codicia de Rusia y Arabia Saudita hundieron el precio del petróleo y con él a naciones enteras como Nigeria, México o Colombia; y, para terminar,

10) se manifestó la incompetencia, inexperiencia, soberbia y populismo de muchos líderes actuales y sus segundos, justo cuando más se necesita sensatez, profundidad y tolerancia.

 

Como se ve, el Covid19 puede ser la preocupación más urgente, pero no necesariamente la más importante.

Esta introducción parece plagada de malas noticias, pero puede ser todo lo contrario. La liviandad se había tomado nuestras vidas, y el resurgimiento de problemas serios nos devolverá como especie el peso en el jopo. Este es el tipo de problemas que el género humano ha enfrentado desde hace milenios. Responder a esos problemas es lo que nos ha formado, exigido aprender constantemente, ser disciplinados mental, personal y socialmente. Por eso, el advenimiento en 2020 de un nuevo siglo debe ser visto como una buena noticia.

 

Sufrir por cuotas

Si en 2020 empieza un nuevo siglo, somos partícipes de un parto con problemas. Tres eventos pavorosos nos atacan: la pandemia, el aislamiento social y la depresión económica. Se dice que los países que entraron fuertes a la crisis de Covid19 pueden salir más fuertes; y aquellos que entraron con una posición económica débil podrían salir aún más débiles. Lo crítico será la cantidad y calidad de acciones para superar la crisis.

Hay tres vías comunes en todas las estrategias nacionales: 1) salvar el sistema de salud y evitar que el virus se salga de control; 2) ayudar a familias que perdieron sus empleos y cuyos ingresos han sufrido; y 3) salvar a las pequeñas, medianas y grandes empresas de la iliquidez y la insolvencia. El problema es que cada esquina de este triángulo se contrapone a las otras dos.

En efecto, salvar el sistema de atención médica parece requerir largas cuarentenas, lo cual complica el trabajo de millones de personas y fuerza a hibernar a hogares y empresas. Ayudar a las familias y las empresas implicaría volver a trabajar antes de lo que demanda la epidemia, deteriorando así la situación de la atención médica. Ayudar a las empresas implica entre otros, reducir los costos de nómina, lo que deteriora la situación de los hogares. Finalmente, el altísimo costo fiscal aumentará los impuestos, lo que reduce el valor de los ingresos de familias y empresariales.

Hace 250 años, Adam Smith dijo que, dadas ciertas circunstancias, al actuar en su propio interés cada capitalista es "guiado por una mano invisible para promover un fin que no era parte de sus intenciones". Esto es, ayudar a la sociedad a alcanzar el más alto nivel de riqueza y prosperidad. En las circunstancias actuales, cada capitalista apenas puede sobrevivir, con lo cual la mano invisible está entumecida.

Todo dependerá de la fuerza y decisión con la que los gobiernos respondan ante la crisis. Keynes puede tener razón cada 80 años; pero cuando tiene razón, la tiene. Debemos tragarnos la píldora azul y aceptar vivir por un tiempo en la realidad alternativa y keynesiana.

La ironía del keynesianismo es que es un analgésico tan potente, que solamente debe ser administrado por un anestesiólogo no keynesiano (ministro de hacienda). Pues debe retirar el sedante tan pronto el paciente deje de sentir dolor. De lo contrario se puede hacer adicto a los opioides (P.ej. Argentina).

La esencia de la solución keynesiana a una crisis: una deuda en pesos, ojalá del banco emisor, pues cuesta menos, puede ser ilimitada y realmente solo se pagan los intereses, con la cual se contrate, pague y transfiera dineros, de tal forma que las empresas y sus empleados puedan trabajar hoy y todos paguemos después.

Un punto clave de esta esta idea keynesiana, es que para que los soldados (capitalistas) estén listos para la guerra (mantener sus empresas vivas) ayuda que tengan confianza para salir a pelear (producir y vender); Keynes cree poder salvar el capitalismo no sólo por el tamaño del gasto público, sino por los efectos sobre las expectativas. 

La deuda distribuye el sufrimiento en módicas cuotas futuras. En ausencia de deuda, todo el sufrimiento biológico, económico y moral impuesto por el Covid19 y por la caída del precio del petróleo se sentirá en 2020 y 2021, al punto de volverse insoportable.

Fieles a una centenaria tradición gradualista, las autoridades colombianas han iniciado ese camino, pero tímidamente, lo cual puede ser trágicamente insuficiente. Un principio esencial para manejo de crisis es que ex-ante no se conoce la profundidad de los problemas, ni qué soluciones funcionan. Por eso hay que desplegar toda la munición, ensayar lo más rápido posible todas las ideas sensatas. En el camino se revelará lo que es eficaz y se refinará las respuestas.

Algunos han argumentado que frente a la epidemia se necesitan medidas más fuertes de control social, y citan a países inspirados por el confucianismo asiático como superiores a aquellos inspirados en a ilustración occidental. Los primeros han usado control burocrático total, basado en cámaras, sensores de calor e inteligencia artificial sobre dónde estamos y con quién hablamos. Una mezcla perversa de Keynes + Mao.

No obstante, una vez pase la epidemia quedaríamos a merced de Thanos, el malo de Avengers End Game, que destruyó uno tras otro a casi todos los superhéroes. Es decir, de unos comunistas o estatistas que aniquilan lo mejor de la vida. Mejor el liberalismo serio, aunque vulnerable, que el estatismo eficaz. Probablemente Alemania es el país de mostrar en nuestro equipo. Esperemos que Colombia sea el de mostrar en nuestro continente.

 

La guerra no se les deja a los generales 

Durante la primera guerra mundial, el presidente francés Georges Clémenceau dijo: “la guerra es un asunto demasiado serio para dejárselo a los militares”. Parafraseando, alguien dijo “Los Estados Unidos de América son un problema demasiado serio para dejarlo a los expertos”. Siento que el Covid19 y la crisis económica son un problema demasiado grave para dejárselo a los economistas y epidemiólogos.

El tamaño de las ayudas debe ser un tema político. La decisión de cuán admisible es el sufrimiento social en 2020 y 2021, y cuántas empresas es admisible que colapsen es una decisión política, como lo era la guerra en 1914 y como lo es el destino de Estados Unidos. Una vez definido, los economistas deben saber cómo y a quién administrarlo, cuándo es prudente retirar las ayudas, y cómo pagar las deudas.

Alguien elegido y no alguien nombrado en un cargo técnico, debe tener la obligación de responder ante todos nosotros por lo que se haga y lo que no. Por esta razón las crisis son las mayores creadoras de liderazgo. Ponen de presente que la política es esencial en la sociedad, y que quien fue elegido debe liderar y no alguien más. En 1914 un vacío de poder y liderazgo llevó a poner la guerra en manos de los militares, con consecuencias lamentables.

La política pública se inspira de “los inadmisibles”. La evaluación de qué es inadmisible en una sociedad en un momento dado, no es un problema económico. Es político. Hay que conectarse con el que sufre y desconectarse transitoriamente del Estado de pérdidas y ganancias. En momentos realmente críticos, la contabilidad es una mala guía.

 

¿El progresismo derrotará al capitalismo?

Se habla con insistencia sobre la “crisis del capitalismo”, y de cómo el Covid19 nos lanzará a otro sistema económico, más empático, consciente y colectivista. La ironía es que la aspiración de muchas personas sobre el declive de este sistema económico coincide con el hecho de que por primera vez en la historia humana el 98 por ciento de la producción mundial sale de empresas motivadas por el lucro y se tranza en mercados libres. El capitalismo es, además, un sistema especializado en resolver crisis. El comunismo en armarlas.

Desde que Deng Xiaoping dijo que enriquecerse no era pecado y que no importaba de qué color fuera el gato, con tal comiera ratones, los países comunistas más exitosos, China y Vietnam, han abrazado el capitalismo. Eso y el colapso soviético cambiaron el sino apocalíptico que los comunistas le habían colgado al capitalismo.

Los parias del capitalismo, que lo rechazan rabiosamente, son países con economías desastrosas y disfuncionales, como Venezuela y Cuba. Los supuestamente incrédulos, como las economías escandinavas, hace dos décadas adoptaron revisiones de sus economías que fortalecieron la toma privada de riesgos y moderaron el control y el costo del estado.

En suma, contrario a las esperanzas del progresismo, el capitalismo mantiene un firme comando de lo que comemos, vestimos, por donde nos comunicamos, cómo habitamos y nos transportamos, cómo creamos ciencia y tecnología, dónde ganamos el ingreso y a quién pagamos las cuentas.

Dicho lo cual, la crisis ilumina las faltas del sistema que es urgente corregir: 1) El calentamiento global; 2) la exportación indiscriminada de puestos de trabajo y sectores críticos hacia China, India y otros países asiáticos; 3) el costo insoportablemente alto del envejecimiento y la salud; 4) la quiebra de inmensas regiones geográficas; 5) el futuro de los milenials, que se ocupan en la “economía itinerante” (gig-economy), con vivienda caras, alta deuda educativa y bajos salarios; y, por último, 6) las consecuencias de la revolución del procesamiento de información, robotización, sensorización, inteligencia artificial, aprendizaje de máquinas, impresión 3D y tecnologías 5G, que pueden alimentar la desigualdad y el resentimiento social.

Las respuestas de derecha y izquierda a esos desafíos no tardaron en llegar. La derecha en los países más avanzados de occidente, liderada por D. Trump y B. Johnson, ha optado por antiglobalización, proteccionismo, nacionalismo, antiinmigración y desregulación. Es una agenda “por la negativa”, tribalista, de nosotros-contra-ellos.

Los llamados progresistas, por otro lado, quieren escoger a dedo los sectores que deben crecer: sectores públicos críticos, energías limpias, educación, salud; y aquellos que deben marchitar: turismo, aviación y transporte privado, en particular si usa combustibles fósiles, petróleo, gas, minería y publicidad, entre otros. 

Basarían la economía en la redistribución, con una renta básica universal, un sistema universal de servicios públicos, un fuerte impuesto a los ingresos, al lucro y la riqueza y horarios de trabajo reducidos. Abrazan una agricultura regenerativa, basada en conservar la biodiversidad, la producción local y vegetariana. Reducirían el consumismo y los viajes a lo que fuera sustentable y satisfactorio. Finalmente, cancelarían las deudas de trabajadores, los poseedores de pequeños negocios y los países del sur pobre.

Es una agenda que piensa con el deseo y limita la libertad de cada uno a guiar la vida por los principios que escoja. Esa presunta “visión compartida” de los progresistas deberá ser resguardada y asegurada por unos funcionarios con capacidad punitiva para castigar a los que viajen, coman carne, no redistribuyan lo suficiente de su ingreso, usen demasiado los servicios públicos, tengan una actividad económica de la cual se lucren, trabajen demasiado, hagan crecer sus empresas, trabajen en publicidad, usen un automóvil a gasolina, etc.

Dado que necesitan un estado altamente policivo, dejarían nuestras vidas en manos de una burocracia totalitaria, heredera de Lenin, Stalin, Mao, Castro, Chávez y compañía.  Algunos rasgos de estas soluciones de derecha e izquierda son compartidos por grupos de países emergentes de África, Asia y América Latina. Pero los sentimientos frente al capitalismo son mezclados. ¿China, la India y los países del sureste asiático quieren al capitalismo más o menos que Francia, Grecia o Brasil? En América Latina, Chile, Colombia, Panamá, Paraguay y Perú, lo ven diferente que Bolivia, México, Nicaragua y Venezuela.

El desempeño del estado a lo largo de la historia crea suspicacias sobre los funcionarios públicos y en las agendas comunes. Como en el pasado, las diferencias llevarán a experimentar diferentes mezclas de estado y mercado, y distintas trayectorias económicas y sociales.

Hay, tal vez, tres escuelas de pensamiento de donde escoger: una inspirada en valores, que busca una sociedad moral, un estado moral, una empresa moral y una familia moral, acompañadas de potentes y costosas redes de apoyo social. Su talón de Aquiles es necesitar muchos recursos públicos, que difícilmente se producen en economías que reniegan del mercado y el fin de lucro.

Una segunda escuela busca políticas públicas pragmáticas que mejoren la equidad, combatan la corrupción, alimenten la competencia, promuevan más a los mercados que a los negocios y recauden mejor los impuestos, sin matar el emprendimiento ni promover el lobismo.

Finalmente, hay una escuela inspirada en el nacionalismo y la nostalgia del capitalismo originario, muchas veces xenófoba, con menos transferencias sociales a los pobres, menos regulación a los negocios y una mezcla agresiva entre estado y negocios.

Las escuelas uno y tres tienen poca probabilidad de prevalecer. Eso nos deja con la agenda reformista y de buena gerencia del estado y el sistema de mercado. Esa tampoco tiene el éxito garantizado. Nada prevendrá que hagamos las cosas mal o peor de lo que lo hemos hecho hasta ahora. Por alguna razón llegamos hasta aquí.

 

Pausa a la liviandad

Se puede cerrar con un tono positivo y esperanzador. La ventaja del capitalismo es que se basa en nuestra libertad de escoger y arriesgar, la facilidad de hacer cálculos económicos y la forma barata de corregir errores. En efecto, los errores los cometen los actores privados con su plata; si la pierden, deben aprender e intentar de nuevo.

En el estatismo, el gobierno pierde la plata de otros y no se puede reinventar sin correr el riesgo de que lo tumben, o lo atrapen y osifiquen; por eso prefiere persistir en sus errores y terrores. En América Latina hay elocuentes ejemplos en Argentina, Cuba y Venezuela, si bien no son los únicos.

Dicho eso, hay varios contratos profundos del capitalismo que requieren repensarse: 1) se debe prevenir mejor y mitigar con eficacia los desastres naturales y los producidos por el hombre; 2) se debe garantizar reglas del juego balanceadas para todos, y no inclinadas a favor de los poderosos; 3) se debe dar una educación que iguale oportunidades y no que eternice desigualdades, a costa de lo que los hogares educados o adinerados buscan para sus hijos; 4) se debe cobrar mejor los impuestos sin favorecer a los que más tienen; 5) se debe solucionar el juego de Ponzi de las pensiones y la salud; 6) se debe limpiar el planeta; y 7) se debe encontrar un equilibrio mundial viable entre EE. UU., China, Europa y los países emergentes.

Algunos analistas han señalado que Desde 1989, con la aparente desaparición de la amenaza soviética, el mundo se había frivolizado. Ante la ausencia de amenazas a la supervivencia, los líderes se quedaron sin agendas que requirieran de los mejores cerebros, el mayor rigor y la acumulación de experiencia.  El exceso de optimismo, la soberbia y la exuberancia irracional produjo en 2008 el campanazo de alerta de la Gran Recesión. De allí y de la exportación masiva de inversiones, empresas y puestos de trabajos desde los países avanzados hacia los emergentes, salieron tendencias sociales anti-sistema.

El advenimiento del Covid19, la guerra comercial y la crisis petrolera ha traído de nuevo problemas de supervivencia. Hemos recuperado la sensación del sufrimiento que se había perdido en el confort. Esto debe alertar nuestro sistema nervioso central volvernos más intuitivos, más lectores, más sensatos y pensativos, menos confiados y confortables, más empáticos y agudos.

La verdadera fuente de aprendizaje personal y colectivo son las crisis. Eso no quiere decir que se saque necesariamente las conclusiones correctas. Pero al menos tenemos la imperiosa necesidad de mayor sabiduría. Las crisis son buenas, siempre que no las desaprovechemos.

 

Siempre y en todo lugar, la crisis es personal

Las crisis mundiales, nacionales y locales son realmente personales. Pero llegan por canales inesperados, que sólo después de años logramos entrever. He vivido como adulto las crisis de 1982-84, de 1998-2000, de 2008-10, de 2015-17, y la actual. La mayor parte de lo que sé de economía, lo aprendí de esas crisis. 

La razón es que en tiempos normales es difícil entender la economía, pues literalmente: “todo afecta todo”, y las causalidades se oscurecen y trasponen. Como escribieron Milton Friedman y Ana Schwartz, la economía está llena de misterio y paradoja. En contraste, durante las crisis las causas y los efectos aparecen diáfanos, prístinos y horriblemente dolorosos. 

Las crisis revelan por qué es tan importante saber economía y entenderla lo mejor posible, pues los errores son tremendamente costosos; conllevan la destrucción de carreras profesionales, negocios que ha tomado toda la vida construir, decepciones de las que es difícil sobreponerse, inseguridad y pérdida de confianza, justamente de los héroes del emprendimiento de una sociedad. Son las batallas en las que se sacrifica a los mejores, los mártires de la economía real, que después ningún prócer recuerda en sus discursos. En palabras de George Lucas, son una “inmensa perturbación en la fuerza”.

Por esa razón soy partidario de apoyos masivos a familias y empresas. Ni unas ni otras tienen los elementos para preverlas, como en el caso de Covid19; tampoco tienen las herramientas para superarlas, pues amedrentan a los bancos, que optan por enconcharse. Acontece entonces una destrucción masiva y excesiva de valor. Aún cuando son transitorias, tienen efectos permanentes, si las autoridades no actúan con presteza. León Trotsky dijo que uno puede no ocuparse de la macroeconomía, pero no puede evitar que ella se ocupe de uno.

Si en 2020 empieza el siglo XXI, es imposible saber cuando acabará. Un proverbio chino usado por Xi Jinping nos permite conjeturar al menos cómo terminará: “No puede haber dos tigres en una montaña.” Uno de los dos usará todas las formas de lucha a su disposición para sacar al otro de la montaña: tecnológicas, cibernéticas, financieras, comerciales, demográficas, militares, geopolíticas, marítimas, terrestres, aéreas, espaciales y biológicas; o lo que haga falta.

La economía derrotó a la Unión Soviética. La economía derrotará a China o a los Estados Unidos. La economía que impere en las próximas décadas dependerá de cómo se de respuesta a los retos y falencias que hemos enumerado. Son desafíos enormes, en los que los tigres del confucianismo comunista y la ilustración liberal se enfrentarán para saber quién puede sanar mejor al capitalismo.