En 2025, $22 de cada $100 prestados por la banca correspondieron a financiamiento sostenible

Colombia atraviesa un punto de inflexión en materia de financiamiento sostenible (verde+social)
Durante años, el financiamiento sostenible fue tratado como una extensión reputacional de la banca: una forma sofisticada de comunicar compromiso ambiental, sensibilidad social y alineación con la agenda global de desarrollo. Sin embargo, el sistema financiero colombiano está entrando en una fase más exigente, y estructural: la sostenibilidad se está convirtiendo en una variable de crecimiento estratégico y diferenciación: la combinación de tres fuerzas —la aceleración de los riesgos físicos, la consolidación de marcos técnicos como SINBA y el crecimiento exponencial de la cartera sostenible— está transformando la mezcla.
En la instalación del 8° Congreso de Finanzas para la Equidad, Sostenibilidad y Transformación (FEST), Alejandro Vera, vicepresidente Técnico de Asobancaria, destacó el avance del sector bancario en materia de financiamiento sostenible: En 2025, la cartera sostenible de los bancos —incluyendo cartera verde y social— alcanzó $164 billones, equivalentes al 22% de la cartera total, lo que significó que $22 de cada $100 prestados por la banca colombiana ya corresponden a financiamiento sostenible.
Esta cartera creció 22,4% frente al año anterior, cuando había alcanzado $134 billones, mientras la cartera total del sistema avanzó apenas 2,4%. Es decir, el financiamiento sostenible creció diez veces más rápido que el portafolio bancario agregado. Un salto que posiciona a Colombia como líder regional.
Esta expansión es el resultado de la redefinición de las prioridades del sistema financiero al situar la adaptación climática como eje estratégico, mientras que el financiamiento combinado emerge como el mecanismo más eficaz para cerrar brechas de inclusión.
El financiamiento sostenible ha evolucionado desde un enfoque centrado en mitigación hacia un modelo integral que incorpora riesgos físicos, resiliencia territorial, inclusión social y gobernanza corporativa.
Como lo explico Alejandro Vera, más del 76% de las entidades financieras ya integran criterios ASG en sus operaciones crediticias, y más de la mitad han incorporado roles e indicadores de sostenibilidad en juntas directivas y alta gerencia. Esto alinea al sistema financiero colombiano con estándares globales como ISSB, TCFD y las mejores prácticas de gobernanza climática como primera línea de defensa financiera ante los riesgos físicos crecientes.
La apertura del Congreso reunió además a César Ferrari, superintendente financiero de Colombia y a François Roudié, embajador de la Unión Europea. También fue invitada Elaine Kempson – Profesora Emérita de Finanzas Personales y Bienestar Financiero – Universidad de Bristol.
Participan también en la agenda, reconocido expertos como María del Mar Vélez – Directora de Finanzas Sostenibles – Banco de Bogotá; Lina Kee – Especialista Senior de Finanzas del Clima – IFC; Begoña Ramos Justo – Líder ESG para LATAM y Líder Global ESG para Sector Financiero – KPMG, Fernando Salazar de Lara – Líder para América Latina y el Caribe en Finanzas Climáticas – UNEP‑FI; Mariana Rojas‑Laserna – Directora de Finanzas Climáticas – Transforma; Paula Durán – Vicepresidenta Corporativa de Sostenibilidad y Proyectos Estratégicos – Grupo Aval; Alejandra Díaz – Directora de Sostenibilidad – Banco Davivienda y Seguros Bolívar; Luis Felipe Ocampo – Gerente Corporativo Legal, Sostenibilidad y Asuntos Corporativos – Colgas; Arturo Rodríguez – Gerente de Relaciones para Iberoamérica – IFRS Foundation; Diana Ancona – Analista Senior en Finanzas Sostenibles – Sustainable Fitch; Sandra Muñoz – Consejera – Consejo Técnico de la Contaduría Pública (CTCP); Angélica Arévalo – Gerente de Inversión Responsable y Regulación de Bancolombia. Laura Roa – Presidenta – Fondo Nacional del Ahorro (FNA); Viviana Araque Mendoza – Presidenta – Bancamía; Michael Bryan Newball – Jefe de Análisis Económico – Banca de las Oportunidades y Duver Mauricio Sánchez – Gerente Nacional de Estrategia y Sostenibilidad – Banco Agrario, engtre otros.
La magnitud del riesgo
Durante la última década, buena parte de las finanzas climáticas se concentró en la mitigación: reducir emisiones, financiar energías limpias, electrificar procesos, sustituir tecnologías intensivas en carbono. La mitigación sigue siendo indispensable, pero Colombia enfrenta una urgencia adicional: financiar adaptación.
Los mecanismos tradicionales de transferencia de riesgo son insuficientes frente a la escala, frecuencia y severidad de los eventos climáticos. Los datos son contundentes:
En medio de la Agenda del FEST, y en varios escenarios, Asobancaria plantea con claridad esta nueva frontera. Las pérdidas económicas globales asociadas a desastres naturales superaron los US$220.000 millones en 2025, con una proporción mayoritaria no cubierta por seguros.
A comienzos de 2026, precipitaciones extraordinarias afectaron a más de 71.000 familias en 22 departamentos, con Córdoba como uno de los territorios más golpeados. Al mismo tiempo, la posible consolidación de condiciones asociadas a El Niño en el segundo semestre del año anticipa el escenario opuesto: sequías prolongadas, presión sobre sistemas hídricos, afectación agrícola, estrés energético y deterioro de flujos de caja en sectores expuestos.
Este doble movimiento —exceso de agua y escasez de agua— obliga a repensar la gestión del riesgo climático. La adaptación ya no puede verse como gasto ambiental ni como inversión pública marginal. Debe entenderse como una capa de protección del crédito. Financiar adaptación significa reducir la probabilidad de pérdida futura, preservar garantías físicas, estabilizar ingresos de deudores, proteger infraestructura productiva y evitar que un choque climático se convierta en deterioro masivo de cartera.
El riesgo físico que era visto como un escenario futuro y ahora es en un determinante inmediato del riesgo crediticio, operativo y reputacional.
SINBA: el estándar técnico para darle viabilidad a los proyectos donde el crédito no podía llegar
Uno de los avances más relevantes señalados por Asobancaria es el Sistema Nacional de Biodiversidad y Adaptación, SINBA, desarrollado para fortalecer las capacidades técnicas del sistema financiero colombiano en identificación, estructuración y gestión de proyectos de adaptación y biodiversidad.
Su importancia va más allá de una guía sectorial. SINBA intenta resolver una falla estructural del mercado: muchos proyectos de adaptación tienen valor económico y social evidente, pero no logran entrar al circuito bancario tradicional porque carecen de información estandarizada, historial comparable, métricas homogéneas o instrumentos de cobertura suficientes.
El aporte de SINBA consiste en crear una gramática común para clasificar proyectos, conectar amenazas físicas con canales de transmisión financiera y diseñar estructuras de blended finance que permitan compartir riesgos entre banca, cooperación, multilaterales, sector público e inversionistas privados. Esto resulta especialmente importante en proyectos de agricultura resiliente, restauración de ecosistemas, infraestructura hídrica, protección de cuencas, adaptación urbana o soluciones basadas en naturaleza.
El informe señala que la guía incorpora destinos de inversión, indicadores de impacto y herramientas para diferenciar etapas de madurez de proyectos. Ese punto es crucial. No todos los proyectos sostenibles deben ser financiados con el mismo instrumento. Algunos requieren crédito tradicional; otros necesitan garantías, seguros paramétricos, capital concesional, asistencia técnica, vehículos especializados o estructuras por portafolio.
El error es continuar forzando todos los activos sostenibles dentro de moldes financieros diseñados para riesgos convencionales.
El blended finance / financiamiento combinado es el instrumento más utilizado en países de ingresos medios y bajos para financiar adaptación climática.
Reduce el riesgo percibido por la banca. Aporta capital catalítico (primera pérdida). Permite apalancar recursos privados. Hace viables proyectos sin historial crediticio. Genera entre 2 y 4 veces beneficios económicos por peso invertido.
Mauricio Vera, resalto, que la Asociación está levantando la línea base de las poblaciones que históricamente han sido menos atendidas por parte del sector financiero: “ya lo hicimos con la comunidad LGBTIQ+, y este año lo estamos haciendo con los grupos étnicos del país. Estamos aprendiendo dónde están, qué necesitan y cómo llegar hasta ellos”.agregó que el país debe avanzar hacia un ecosistema de datos abiertos, con casos de uso concretos que permitan personalizar la oferta de productos para estas poblaciones.
En ese sentido, enfatizó que los grupos étnicos están entre los que presentan mayores brechas de acceso al crédito. Finalmente, señaló que más de la mitad de las entidades agremiadas a Asobancaria ya incorporan roles, indicadores y planes de acción específicos relacionados con sostenibilidad en sus juntas directivas y alta gerencia. Además, indicó que el 76% de las afiliadas ya integran criterios ASG en sus operaciones crediticias.
Clima, gobernanza y costos: los tres retos de la nueva era
En cada uno de los temas elegidos en la agenda del FEST, se evidencia que la nueva etapa del financiamiento sostenible estará definida por tres tensiones principales: clima, gobernanza y costos.
La primera es climática. El riesgo físico no se manifiesta solamente en grandes catástrofes, sino en pérdidas de productividad agrícola, deterioro de infraestructura, interrupciones logísticas, variabilidad energética, presión sobre garantías inmobiliarias y reducción de ingresos en sectores vulnerables. La banca deberá incorporar escenarios climáticos, mapas de exposición, sensibilidad sectorial y análisis territorial dentro de sus modelos de crédito.
La segunda tensión es de gobernanza. La sostenibilidad exige controles robustos, criterios taxonómicos, metodologías consistentes, auditoría de impacto y reportes comparables. No basta con crecer en cartera sostenible; será necesario demostrar la integridad de esa cartera. El activo sostenible del futuro será aquel que pueda resistir auditoría técnica, escrutinio regulatorio y evaluación de mercado.
La tercera tensión es de costos. La transición sostenible no es gratuita. Por el contrario debe ser menetizable y rentable. Requiere talento especializado, infraestructura de datos, capacidades de medición, sistemas de reporte, modelos climáticos, validación externa, asistencia técnica, instrumentos de cobertura y rediseño de procesos internos. Esto puede ampliar la brecha entre entidades con escala suficiente para absorber complejidad y entidades rezagadas que enfrentarán mayores costos de cumplimiento, fondeo y adaptación tecnológica.
Los bancos que logren integrar variables ambientales y sociales en sus modelos de originación, pricing, seguimiento y recuperación estarán mejor posicionados para acceder a fondeo multilateral, emitir instrumentos temáticos, reducir exposición a activos vulnerables y capturar nuevas oportunidades de mercado. Pero quienes traten la sostenibilidad como una capa estética podrían enfrentar riesgos crecientes de deterioro, sanción, pérdida reputacional o exclusión de capital internacional.
La pregunta estratégica ya no es cuánta cartera sostenible tiene una entidad, sino qué tan sostenible es esa cartera cuando se analiza por calidad crediticia, impacto verificable, resiliencia climática, capacidad de pago, concentración sectorial, gobernanza y trazabilidad.
Colombia está avanzando hacia una nueva anatomía del crédito. La cartera verde y social ya no es marginal. Representa más de una quinta parte de los préstamos de la banca agremiada y crece a una velocidad muy superior al sistema. Al mismo tiempo, la agenda de adaptación climática, biodiversidad, inclusión financiera, datos abiertos y gobernanza ASG está obligando a revisar las bases mismas de la intermediación financiera.
La sostenibilidad, bien entendida, endurece la disciplina y el rigor analítico. Exige más datos, mejores modelos, mayor trazabilidad, lectura territorial, comprensión social, sensibilidad climática y control de impacto. También obliga a reconocer una verdad que incomoda: no todo crédito etiquetado como sostenible crea valor sostenible.
El verdadero liderazgo no estará en anunciar volúmenes crecientes, sino en demostrar que esos volúmenes financian transformación real sin sacrificar calidad de cartera. La banca colombiana tiene ante sí una oportunidad histórica: convertir el financiamiento sostenible en una plataforma de competitividad, resiliencia y desarrollo. Pero esa oportunidad solo será robusta si se construye con la misma rigurosidad con la que se administra el riesgo.
Porque en la nueva etapa del sistema financiero, el capital no solo preguntará cuánto rinde un activo. Preguntará qué riesgo evita, qué brecha cierra, qué territorio protege, qué población incluye y qué evidencia deja detrás.
Ahí comienza la verdadera madurez del financiamiento sostenible.








